
Mañanas de domingo. Son pocas en esta vida tan acelerada, pero de vez en cuando te puedes permitir una asi. Una de levantarse tarde, con los ojos cargados de legañas, suplicando 10 minutitos mas, aunque ya has pedido varios. De esas mañanas en que las sabanas se quedan pegadas a tu piel, y luchan por no separarse. Que si sacas el dedo gordo del pie, la sabana le absorbe en breves instantes.
Mañanas de domingos llenas de besos. Besos pequeños, delicados, tiernos, dulces. De esos que te empalagan y hacen que ronronees comos si fueras un gatito pequeñito que hay que proteger. Mañanas de fuertes abrazos, de esos en los que los brazos se alargan al infinito, y parece que se te van a romper. Brazos que te envuelven y te llevan entre algodones al pecho de la persona amada. Mañanas de risas. Alegres, largas, sinceras. Risas provocadas por pequeños juegos infantiles, tontos. Risas por luchar encima de la cama con Leo, nuestro perro. Por luchar a que no nos chupe en su totalidad la cara. Por revolcarle y revolcarnos.
Mañanas de placer. De levantarte soñando con una buena taza de cafe, y asomarte por la ventana, que a esas horas es cuando entra el sol con todo su esplendor y encontrarte una escena tan tierna como la que podeis ver en la foto.
Este gato tambien tenia su mañana de domingo.
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